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El Lazarillo de Tormes en el Teatro Apolo.
Barcelona — Como fotoperiodista, uno aprende que las historias más poderosas no siempre necesitan grandes despliegues de luz y color; a veces, la verdad se encuentra en el claroscuro y en el gesto preciso. Eso es exactamente lo que sucede en el Teatre Apolo cuando la silueta de Rafael Álvarez, “El Brujo”, recorta el escenario para dar vida a El Lazarillo de Tormes.
La imagen de la picaresca. La obra, pilar de la literatura anónima del Siglo de Oro, se presenta en el Apolo despojada de artificios. Basada en la adaptación del maestro Fernando Fernán Gómez, la narrativa se centra en la supervivencia de Lázaro, ese antihéroe que nació a orillas del Tormes para enseñarnos que el hambre es el motor más antiguo del mundo.
Desde el punto de vista visual y narrativo, la obra es un ejercicio de minimalismo extremo. No hay decorados grandilocuentes que fotografiar, porque el escenario es la palabra. El texto disecciona la sociedad española del siglo XVI —con sus ciegos astutos, clérigos avaros y escuderos de falsa honra—, pero lo hace con una ironía que “El Brujo” convierte en algo físico, casi palpable.
El Brujo: La cámara frente al mito. Captar a Rafael Álvarez “El Brujo” en el escenario es un reto para cualquier cronista. Más que un actor, es un fenómeno de la naturaleza escénica. Su formación clásica y su dominio de la mímica lo sitúan como el último gran juglar de nuestra era.
Su técnica se basa en:
- El dominio del silencio y el gesto: Cada arruga de su expresión narra décadas de teatro.
- La conexión visual: Mira al público directamente, rompiendo la barrera entre el siglo XVI y el presente, permitiendo que la cámara de nuestra imaginación enfoque la miseria y la gracia de Lázaro con total nitidez.
- La luz de la palabra: Logra que el espectador “vea” a los amos de Lázaro sin que estos pisen físicamente las tablas del Teatre Apolo.
Un marco histórico en el Paral·lel.

El Teatre Apolo ofrece el contraste perfecto para esta obra. Mientras el exterior del Paral·lel bulle con el ruido de la modernidad, dentro se hace el silencio para escuchar una historia de 1554. La redacción de este montaje es una lección de resistencia cultural; es la demostración de que, ante la potencia de un clásico y la maestría de un actor consagrado, no hacen falta filtros ni retoques. Esta crónica queda firmada no solo como un relato de lo que sucede en escena, sino como el testimonio de un momento donde la literatura y el arte de la interpretación se funden en una sola imagen imborrable.





