Ratas y Cucarachas

2 de julio de 2022 Por Juan Jose Villegas

El túnel estaba oscuro, ese oscuro de absoluta negrura que apenas permite distinguir lo que uno tiene enfrente. El vagabundo se dirigía a su casa siguiendo el camino habitual tras el paso clandestino a través del laberinto subterráneo que le llevaba hasta las vías del túnel. Era la primera vez en veintisiete años que se encontraba todas las luces del túnel apagadas, lo que le obligaba a emplear al máximo sus facultades mermadas por el alcohol. Vio las luces del primer tren y se arrimó a la pared todo cuanto pudo, la mole cruzó frente a él a toda velocidad, engulléndole como un vendaval que le obligó a cerrar los ojos aferrándose a la pared con todas sus fuerzas, era imposible acostumbrarse a esa sensación por más veces que la experimentara, la de verse convertido en un insecto a punto de ser aplastado por una mole gigantesca.

El tren pasó dejando tras de sí un viento arrollador pero lo peor ya había pasado, a lo largo del trayecto que le llevaba hasta su escondite con mantas, colchón, agua corriente y luz, aun se toparía con dos trenes más, o uno solo, dependiendo del ritmo que llevaran sus pasos, de modo que aceleró su marcha todo cuanto pudo, pero a los pocos metros, algo le frenó en seco, y no era ese temblor característico que le alertaba antes de divisar los faros del tren sino algo completamente distinto: parecía ese chillido característico de las ratas pero multiplicado por diez; apenas pudo dar crédito a sus ojos cuando en la absoluta oscuridad del túnel, distinguió la forma de aquel ser gigantesco pasando junto a él a toda velocidad, habría asegurado que aquel ratón superaba los diez metros de tamaño pero: ¿Quién le iba a creer si contaba esto a alguien? le volverían a encerrar durante otra temporada y lo atiborrarían otra vez a calmantes.

Cuando pasó el siguiente tren, el brillo que despedían sus faros pareció agrandarse hasta alcanzar proporciones quiméricas; el suelo tembló de tal manera que su cuerpo saltó por los aires y volvió a caer amortiguando el impacto con su abdomen, era tan descomunal el tamaño de este tren que sólo las ruedas ya tenían la altura de una casa de cinco plantas, abarcar su envergadura con la vista era imposible desde su perspectiva por mucho que intentara alargar su cuello que por otra parte notaba completamente rígido e inmóvil. Esta vez no tuvo tiempo de alcanzar la pared, pero ni un insecto se habría agarrado al suelo con tanta firmeza, por otra parte, la oscuridad había dejado de ser total y el espacio que se abría a su alrededor le ofrecía un sinfín de huecos y oquedades en las que no había reparado antes. El vendaval que provocó este tren a su paso removió el suelo dejando al descubierto una fuente casi ilimitada de alimento, los otros insectos que revoloteaban a su alrededor no eran lo suficientemente grandes como para arrebatarle la comida, las distancias parecían prolongarse hasta el infinito pero ya había perdido el interés por llegar a ninguna parte, cualquier hueco entre las vías podía servirle de refugio y sus seis patas le permitían trepar por las paredes y caminar durante horas sin que el cansancio hiciera mella en él; arrastrarse sobre el abdomen tenía muchas ventajas, sus largas antenas le permitían guiarse y explorar su entorno, su duro caparazón le protegía de los gigantescos roedores; bien mirado, no estaba tan mal ser un insecto.

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